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Economía y Ecología

Los términos economía y ecología comparten la raíz etimológica oikos, del griego casa, aunque sus perspectivas raramente coinciden. La palabra economía procede del griego oikonomos y su significado habla del uso eficiente de los recursos. Ecología viene del término evolucionado al alemán ökologie y explica la interrelación entre los organismos y el medio ambiente. Una se refiere a la utilización y la otra a las relaciones. Una palabra evoca dinero, producción e industrialización y la otra paisajes y vida.

Fue en el s.XX, tras el colapso del imperialismo colonial, cuando se acuñó el concepto de economía nacional, que sugiere que cada país tiene su propio ecosistema humano.

Ocurría casi dos siglos después de que economistas como Thomas Malthus analizaran los límites en el crecimiento de la población humana e interconectaran ecología y economía. Eran los cimientos para que los economistas críticos empezaran a buscar inspiración en la ecología. Se empezó a hablar de la economía como una ciencia en evolución y de cómo cada cambio económico afectaba a la comunidad. Mientras, los biólogos vieron la interconexión entre los organismos de la naturaleza. Quedaba patente que la competición, la cooperación y la adaptación eran caracter ísticas tanto de la dinámica económica como de la que se producía en el ámbito natural.

Sin embargo, en las últimas décadas los dos términos se han entendido como opuestos y si bien se aceptaba que era bueno cuidar del medio ambiente, el límite se establecía en el punto en que ese cuidado no interfiriera en el desarrollo económico y en la creación de riqueza por todos los medios posibles. Por otro lado, también se creía que la atención a la ecología tenía que venir después de solventar las injusticias sociales creadas por la evolución económica. Es decir, que tanto conservadores como liberales, desde sus diferentes puntos de vista, consideraban que la prioridad era la economía.

Más adelante se vio que esta dicotomía era un error. Se hicieron afirmaciones tales como que la economía es la dueña subsidiaria del medio ambiente y que la Tierra, al ser la fuente de las materias primas, controla la actividad económica. Es por esto que economía y ecología no pueden separarse. El colapso ecológico como resultado del desarrollo económico supone la pérdida de la verdadera riqueza, del capital natural del que disponen los humanos. Porque cuando una especie desaparece, lo hace para siempre y en su extinción se destruye el equilibrio ecológico del ecosistema, lo que implica el fin de otras especies.

Buscar crecimiento económico a toda costa, ignorando las leyes de la naturaleza, lleva a la degradación social. Y es que llegados al punto en que la desaparición de la sociedad actual se ha convertido en una posibilidad real, la profundización de la crisis medioambiental no sólo supondrá una espiral imparable de pobreza y mortandad sino el origen de conflictos brutales en los que el agua, o mejor dicho su falta, será el principal desencadenante.

Para evitar un final tan apocalíptico son necesarios cambios políticos profundos, avalados por la motivación y el activismo popular. Todo un reto que implica la variación del concepto que tenemos sobre la humanidad. La confianza excesiva en las nuevas tecnologías y su capacidad de salvación es la excusa que solemos poner para no creer en la posibilidad de un desastre ecológico a escala global. Una excusa que sólo justifica el mantenimiento de nuestro consumo desorbitado. Sin embargo, reducir el mundo a un almacén de materiales con los que servir intereses personales limitados pone en seria cuestión la creencia en el valor indestructible de la humanidad.

Deberíamos recurrir constantemente a tomar las medidas necesarias, incluidas las sanciones, así como a efectuar los cambios en nuestras motivaciones y mitos para hacer posible un crecimiento económico equilibrado y en consonancia con la ecología, que nos permita entender el mundo como un lugar movido por la ética, en el que por ejemplo no encaja la alteración de los espacios naturales ni es concebible la adulteración de nuestros alimentos. Una serie de requisitos y valores básicos que podrían estar recogidos en un manual de reconocimiento y cumplimiento internacional avalado por las Naciones Unidas. El país que no lo respetara podría pagar una multa destinada al apoyo de las buenas prácticas de aquellas naciones que sí observen el acuerdo. Y es que cuando el interés general no supone suficiente motivación, no tener que desembolsar la cartera suele ser el principal estímulo para el buen hacer. Claro, que el compromiso tiene que comenzar a nivel individual, como consumidores y como votantes, para hacer justicia al hogar Tierra al que hemos sido invitados como inquilinos. Qué menos.

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