
Cada vez se habla más de los alimentos modificados genéticamente, ahora que sabemos que los científicos son capaces de aislar genes específicos y que pueden insertarlos en los organismos, especialmente en los cultivos de alimentos. Las razones aducidas para estas prácticas van desde el aumento de las cosechas, la consecución de cultivos más resistentes a las infecciones y plagas, o incluso la inyección de nutrientes adicionales y vitaminas. Sin embargo, la práctica de la ingeniería genética en los cultivos es un arma de doble filo al tratarse de una interferencia en la naturaleza que daña los ecosistemas, ya que además de eliminar las amenazas objetivo también acaba con otros eslabones en la cadena de la biodiversidad. Aunque ya hay estudios que prueban que el consumo de alimentos GM a largo plazo reduce la fertilidad en ratones, el efecto sobre la salud humana sigue siendo tema de controversia que requiere más tiempo para demostrar su existencia. Un riesgo que, queramos o no, si no nos alimentamos exclusivamente de comida ecológica, estamos obligados a correr porque los ingredientes modificados están por todas partes y no necesariamente aparecen en las etiquetas.